Eduardo Ciriaco Hernández fué su nombre de pila, pero toda la gente de Huatusco lo conocía con el apodo de «El Camarón» a causa de tener la cara siempre roja por el abuso de la bebida. Pocos tipos como éste se conocieron en esa población. Era ingenioso, atrevido y amigo de llevar recados inventados por él, recados de los que sacaba provecho gracias a su audacia, seriedad y afirmación con que los urdía.

Gustaba de escribir cartas amorosas que ponía en manos de mujeres ingenuas, cartas que el también contestaba a ruego de la cándida ignorante víctima de aquella guasa y que Eduardo cobraba al precio de unos pambasos compuestos, un trago de infusión de frutas o un buen vaso de «tepache».

La comedia era representada con maravilloso tino. Su osadía rayaba en burla, pero había tanta maña, que constantemente sorprendía a las personas incautas. En una ocasión invitó a innumerables amigos y conocidos para que fueran a presenciar la fatal determinación que había tomado: Arrojarse a la poza de Citlalcuautla para ahogar ahí una vida desesperada y aburrida. La voz corrió por toda la ciudad y más de cincuenta curiosos o desocupados llegaron al lugar señalado y puntuales a la hora trágica y fatal que había anunciado el presunto suicida. Cuando todos esperaban ver el cuerpo sobre las aguas, una nerviosidad los acogió…poco a poco se iba quitando Eduardo las ropas…pero de pronto estornudó estrepitosamente y volviéndose a los concurrentes les dijo: «Señores, otro día los espero…no me acordaba que tengo catarro…»

Así se reía de la gente. Otra vez tuvo un disgusto con un purero, hombre formal y no dado a las bromas. Este lo desafió enérgicamente diciéndole que lo esperaba en la cuesta del río, a lo que contestó «El Camaron» cínicamente: «Al río…¿Soy acaso lavandera…? Y se alejó mofándose de su adversario.

Un joven de la localidad le dió un día a componer sus zapatos. Eduardo era «remendón». Al ver que pasaban semanas y más semanas, un día al encontrarlo, el joven le dijo: «¿Qué pasa con mis zapatos…dónde están? y El Camarón le contestó tranquilamente: ¿Qué en dónde están?…pues en el estado de Veracruz…» Los llevaba puestos…

En los solemnes días de la patria (15 y 16 de septiembre) él tenía siempre la palabra al quedar la tribuna libre, ya bien declamando algunos versos épicos, diciendo algún discurso o soltando sus improvisaciones con tanto desplante que regocijaban a los oyentes ansiosos de escuchar al espontaneo y fogoso trovero del momento. Era la nota de color, era la risa en la fiesta, era la figura representativa del pueblo que desbordaba alegría y solicitaba el obligado discurso en esos instantes de libertad. ¡Qué énfasis!, ¡Qué dominio! No hablaba hasta que se hacía el silencio…¿Qué pasa?, ¿qué sucede?, se preguntaba la gente…Es el Camarón que ya está perorando…Cómo animaba y movía a la multitud que lo premiaba con la ovación callejera. Cuando bajaba de la tribuna, era seguido por una turba muchacheril que reía de buena gana con las ocurrencias del orador popular que iba desparramando gracia y buen humor.

De haber tenido cultura y algunos conocimientos en poesía lírica, hubiera sido notable, pero el alcoholismo destruyó a aquel cerebro creador.

Por la noche, luminosa cohetería llenaba el espacio, la música tocaba hermosas marchas , el Himno Nacional Mexicano conmovía con sus notas, la gente paseaba dando vueltas alrededor del parque y comentando el estupendo discurso del Camarón que ya no aparecía por ahí…Eduardo Ciriaco Hernández sabía que su papel había terminado y se divertía en el rincón de una cantina frente a una copa que contenía licor verde…esmeralda brillante y falsa que embrujaba su mentalidad, aquella mentalidad que podía haber sido, si el hubiera pulido, una joya del mundo intelectual.

Texto del libro Siluetas Populares del Huatusco del Ayer de la autora Enriqueta Sehara de Rueda 1956

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